La Searila

La Searila

Jueves, 03 de Julio de 2008 11:44

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Esta es una de las muchas historias de amor que podría parecer producto de la imaginación de un escritor romántico pero que es real y sucedió entre los años 1835 y 1837 en Seares (Castropol) pueblo del occidente de Asturias.

Es Seares un pueblo pintoresco y acogedor y en el vivía en aquel entonces en una casa blasonada el matrimonio de hidalgos formado por D. Pedro Pérez Castropol y Doña Rafaela Abella Fuertes que tenían dos hijas, una de las cuales, Mª Rosa, es la protagonista de esta historia.

Fue Mª Rosa mujer de una extraordinaria belleza reconocida en toda la comarca como “la bella de Seares” o “la Searila”, con numerosos pretendientes entre los mayorazgos de la región pero el destino o quien decida estas cosas hizo que se enamorada de un galán hijodalgo del cercano solar de Piantón (Vegadeo), llamado D. Antonio Cuervo y Castrillón, su encuentro se produjo en plena naturaleza un día de verano cuando ella cerca de un arroyo mojaba sus pies para aliviar el calor y el pasó muy cerca montado en un caballo tordo quedando prendados ambos en cuanto sus ojos se encontraron. Al principio fueron unos amores contrariados pues sus familias al parecer no estaban de acuerdo lo que produjo que sus encuentros fuesen a escondidas en las cabañas de los leñadores y carboneros, enviándose mensajes y poniendo señales en los balcones y así su amor fue creciendo hasta que decidieron casarse en secreto en una ermita próxima teniendo entonces las familias que aceptar lo que ya no tenía remedio.

Pero el destino no quiso que esta felicidad durase mucho, D. Antonio a pesar de su juventud era letrado y magistrado y ya había sido Fiscal de Audiencia y Gobernador de provincia y ahora tenía que partir a su nuevo destino y la Searila se quedó sola recorriendo todos los lugares por los que habían paseado juntos recordando su amor y esperando su regreso, pero todo se ponía en su contra pues el año 1836 era un año difícil y sangriento para Asturias, las topas carlistas batían a los liberales produciendo mucha inestabilidad en la zona y mientras Doña Rosita, enferma de tisis y embarazada, se fue agravando hasta fallecer al dar a luz una niña que también murió.

D. Antonio al conocer la gravedad del estado de su esposa corrió sin importarle los peligros de la guerra con la esperanza de encontrarla aún con vida, fue un viaje desesperado, cerca de cuarenta leguas por malos caminos en los que reventó cuatro caballos, pero cuando al fin llegó, su amada yacía en la tumba en el cementerio de Seares; fue tal su dolor y desesperación que aquella misma noche fue hasta su sepultura, la abrió y abrazó el cuerpo de su esposa y le cortó un mechón de sus cabellos pero su dolor no se calmó, renunció a todos sus cargos y se encerró en la casona solariega y allí compuso una elegía a la amada muerta, a la Searila, la bella de Seares, son unos versos largos y angustiosos como podréis comprobar pues los transcribo a continuación y tengo que deciros que me resultó muy difícil conseguirlos y después de recorrer varios caminos al final el mismo día los recibí por partida doble, una copia cedida por Anxelón de Anxelán persona enamorada de Seares y de la historia de la Searila y la otra copia me la proporcionó un veigueño, José Luis Prieto Bajo, el como localicé a estas dos personas sería otra historia que tal vez cuente en otra ocasión pues ahora tengo que continuar con D. Antonio.

Poco queda que contar, el recorría los campos y playas por donde antes paseaba con su esposa y solía hacerlo solo y de noche como un fantasma, recitando sus versos a todos aquellos parajes que habían sido testigos de su felicidad.

Cuentan que cuando llegó la hora de su muerte, Antonio pidió que fuera enterrado llevando como sudario su capa negra de siempre y así se hizo y años mas tarde al abrir su tumba, en el forro de su capa se encontró el mechón de cabellos de su esposa y una rosa marchita.

LA SEARILA

Solitaria mansión del sepulcro.
Sólo en ti mi esperanza se encierra,
Que, perdido mi amor, es la tierra
Un abismo de mal para mí.
Negro abismo, que ahoga implacable
En un mar de tristezas mí alma.
¡Que de Dios la piedad me dé calma!
¡Ay, Searila, reuniéndome a ti!

Un profundo clamor en mi pecho,
Que te llama y evoca constante,
Sin que pueda acallarlo un instante
De mi vida angustiada y febril.
Espantosas tinieblas me cercan
Y entre ellas venirte a mí veo.
¡Fantasía! ¡Ilusión del deseo!
¡Que, ay, Searila, no vienes a mí!

¡Cuántas veces gozosa conmigo,
Embargada de amores suaves,
Escuchaste el cantar de las aves
En las dulces mañanas de abril!
Poco tiempo duró nuestra dicha,
¡Y cuán presto acabó mi fortuna!,
Pues no quiero tampoco otra alguna
¡Ay, Searila, viviendo sin ti!

Pavorosa visión yo recuerdo
Cuando trémula tú me decías
Que en fatídicos sueños veías
De tu tumba la lápida abrir.
Del destino, cruel anticipo,
Que alejaba de mí la alegría,
Se cumplió la fatal profecía.
¡Ay, Searila, pues vivo sin ti!

“En tus brazos morir, ¡qué consuelo
Conmovida otra tarde dijiste.
¡Infelice! Y siquiera me viste,
Expirando apartada de mí.
Niña aún y tan sola muriendo,
¡Cuán amargo el morir te habrá sido
Sin oír el acento querido!,
¡Ay, Searila, anhelado por ti!

De la vida en el último aliento
Tu tristísima voz me llamaba.
¡Desdichado de mí! ¿Dónde estaba
Que a tu angustia no pude acudir?
Por los campos buscando tu huella
Yo corrí con frenético empeño,
y hoy, perdido, paréceme un sueño,
¡Ay, Searila, que viva sin ti!

Yo corrí desalado y ansioso
Por caminos que incendia la guerra,
Y al llegar, ¡ay de mi! bajo tierra,
Yerta, inmóvil, sin vida te vi.
A la luz de la lívida luna
Tu belleza, que intacta aún estaba,
Con pupila sin fuego miraba,
¡Ay, Searila, posándose en mí”
De tu yerta cabeza, la seda
Yo corté con mi trémula mano
Y tus sienes de hielo, en vano,
Con mi llanto y mi beso encendí.
Entre flores, mi Rosa, una rosa
Con su pompa y sin par lozanía,
Roto el féretro yo te veía,
¡Ay, Searila, mirándome a mí!

Tu recuerdo mi alma devora,
Y hasta el fondo taladra mi pecho,
Sin poderme sentir satisfecho,
Que apetezco cual nadie sufrir.
Lo apetezco y la vida me enfada
Y así mas me consumo y me mato,
Pues no quiero me acuses de ingrato
¡Ay, Searila, si vivo sin ti!

Abomino de vida sin cielo,
Donde ver de tu sol los fulgores,
Que risueñas no alegran las flores
Cuando el alma se siente morir.
Y alegrarme jamás yo no puedo
Ni pagarle al amor más tributo,
Ni otras glorias al mundo que el luto, ¡Ay, Searila, que llevo por ti!

Sola ahora y por todos dejada
En el lecho sin fin de la muerte,
Pues no hay nadie que aquí venga a verte
Si no viene tu amante infeliz.
Soledad a tu lado es mi vida,
Que sin ti toda vida es desierto;
No respiro, mi ser está yerto,
¡Ay, Searila, si no es junto a ti!

Navegando la pálida luna
Por la bóveda inmensa del cielo,
Que comprende parece mi duelo
Y no quiera como antes lucir.
De la noche durante el silencio
Tu sepulcro besando acompaña
Y en tristeza profunda me baña,
¡Ay, Searila, velándote a ti!

Mustia ahora la frente doblada
Sobre el pie de la lápida fría,
Yo te espero ¡oh mortal agonía!,
Como el ángel que mira por mí.
Yo te llamo, el momento se acerca
Que en el cielo, felices y amantes,
Nuestras almas se junten como antes,
¡Ay, Searila, pues muero por ti!

 

Fuente: http://leodegundia.blogspot.com/